Un amor difícil.(Amaury Pérez Vidal)

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Mi relación con el alcohol y su más fiel aliada “la bebedera” es un tanto cantinflesca. Le llamo un amor difícil. No tuve ejemplos en mi familia de curdas ni anónimos ni públicos en la infancia o la adolescencia, y miren que el ambiente artístico se las trae, pero tuvimos durante años, el alcohol y yo, una ejemplar correspondencia amor-odio.

Comencé con los cócteles y ponches en las fiestas juveniles pero no pasaba de ahí. Tengo testigos.

Con mi llegada al ICAIC a finales de 1971, con 18 años recién cumplidos, y formando parte del mundillo técnico cinematográfico, era un sencillo utilero y asistente de sonido, si no empinabas el codo no eras asimilado como parte integral de aquellos sacrificados trabajadores de a pie (y de manos y de cerebro) que compensaban embriagados las infinitas horas del agobio entre toma y toma y film y film. Así comenzó todo. Luego llegué a la Nueva Trova, éramos jóvenes y el desafuero etílico fue total y contagioso, pero aún así trataba de no pasarme de tragos demasiadas veces… ¡en la semana!.

El descontrol comenzó en una gira por Cataluña en 1976, especialmente en los camerinos del Palau Blaugrana, donde Joan Manuel Serrat, al comprobar que el frío nos estaba aniquilando la garganta antes de cantar , “recetó” un par de tragos de Don Pedro, un brandy dulzón y de fácil asimilación gástrica. Remedio santo. Hasta 1987 no hubo concierto en el extranjero, aquí era imposible por razones obvias, donde no exigiera para el camerino un par de litros del espirituoso licor, y entusiasmado por la cómoda absorción de sus “encantos” en mi joven organismo imaginé que me era ya imposible dividir alcohol y actuación. MI terror de entonces a los aviones, cuestión superada hoy por fortuna, alimentó los deseos por intoxicarme también en cada vuelo, y después en las celebraciones una vez terminados los shows, en las conversaciones más solemnes o triviales, a la hora de componer, en funerarias y entierros, en las horas del no hacer nada, y en los estudios de grabación. Saben los bebedores que siempre hay un pretexto.

Hice barbaridades aunque debo resaltar que el trago nunca generó en mí ni violencia verbal ni física, pero sí papelazos: ¡Le quité la peluca a una aeromoza danesa en un vuelo Madrid-Habana y me paseé luego por toda la aeronave. Me levanté de mi asiento otra vez, agarré el micrófono de los sobrecargos, y desentoné La Guantanamera desgañitado, convirtiéndome en el hazmerreír de casi todos los pasajeros. Fui infelizmente bautizado por tripulaciones aéreas completas como “Amaury el payaso trasatlántico”, “Amaury el curda volante”, y quien recuerda que otros sobrenombres más. Como tenía que curar una adicción que se me estaba descontrolando dejé primero de beber en los conciertos desde 1988, más tarde en el extranjero, luego en los estudios de grabación, al momento de escribir, y he llegado al extremo de no consumir alcohol en otro sitio que no sea en casa, en la de algunos amigos muy selectos, y en ocasiones que lo ameriten. Llevo años sin emborracharme, pero tampoco me he vuelto abstemio militante u obsesivo.

En el cenit de mi espiral alcohólica llegué a Tijuana, México, donde tengo tantos admiradores y amigos. Un numeroso grupo de ellos me esperaban en las afueras de la terminal aérea con globos y pancartas de salutación. Un par de jóvenes cantautores me obsequiaron dos botellas de vino del Valle de Napa en California y como no ingería productos vinícolas por aquellos tiempos las guardé en la habitación del hotel donde nos hospedaron colocándolas encima de la mesa de noche. Al otro día, con una resaca de tequila que aún recuerdo, vinieron los dos a despedirse emocionados, y yo muy circunspecto les dije mirando las botellas que permanecían allí desde el día anterior, sin moverse, sin mirarse la una a la otra: ¡Les he comprado estos dos litros de vino de California para que los compartan con sus allegados!. Me miraron asombrados, y con la mesura y educación propia de los mexicanos, dieron la espalda con una sonrisa sin tocar nunca jamás el tema en mis viajes posteriores a su ciudad. Se los agradezco.

Mi último disparate etílico célebre fue preguntarle, con seriedad e ignorancia incluida, al Primer Ministro de Malasia de visita en nuestro país y en una recepción oficial con cena: Señór Primer Ministro ¿Cómo está el tigre de ustedes, el de La Malasia?, ¿Y Sandokan el héroe malayo tan querido y admirado por nuestro pueblo ? (*).

El primer Ministro hizo consultas incrédulo levantándose de la mesa irritado mientras los otros comensales cubanos que nos acompañaban se morían de la risa y la vergüenza.

No he combinado desde ese día embriaguez, política… y recepciones.

(*) “Sandokan el tigre de la Malasia” es un personaje de ficción del escritor italiano Emilio Salgari.

 

 

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